Opinión: La Revolución

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Más de 600 integrantes de la guardia indígena ocuparon la Plaza de Bolívar en Bogotá. Photo: Richard Emblin

Con ocasión de la conmemoración del Día Internacional del Trabajo, el 1º de mayo, el presidente Gustavo Petro decidió aprovechar las movilizaciones que se acostumbran realizar cada año para dar una alocución desde el balcón de la Casa de Nariño, el que da hacia la Plaza de Armas, buscando ser escuchado por los trabajadores, algunos de los cuales abandonaron el lugar en pleno discurso. Es más, el propia Comité General de Trabajadores, CGT, dio a conocer, a través de su Comité Nacional, que no marcharía porque, “no comparte que el gobierno quiera instrumentalizar algo que nos pertenece a los trabajadores”, con lo cual reafirmó su autonomía e independencia.

En su particular estilo amenazante y divisionista y, en el poco amable tono que suele emplear, Petro manifestó, “el intento de coartar las reformas puede llevar a una revolución”. Insistió en su ya famosa “movilización” indeterminada del pueblo, proveniente de anteriores discursos, y recordó los tiempos del libertador Simón Bolívar, en una mención anacrónica, y que tal vez pretende emular a Chávez, el destructor de la vecina Venezuela.

Sabemos que Fidel Castro intentó “exportar” su revolución tanto a la América Latina como a Angola, en el África. Pero esto no se le dio. Fue entonces cuando decidió ensayar otros métodos y fundar, junto con Lula Da Silva, el Foro de Sao Paulo. Desde entonces, el Foro de Sao Paulo ha intentado hacer la “revolución silente” de Gramsci, la que, como bien lo explica Hilda Molina, neuróloga cubana muy cercana al comandante, “venía a decir que no hacía falta más que meterse en las neuronas de la gente, robarles el pensamiento, y llegar al poder por una revolución cultural”.

De acuerdo con Molina, Castro buscaba pervertir la democracia, a la cual él se refería como un producto creado por la oligarquía. Según Molina, Castro le decía “que los oligarcas habían creado esa tontería que era la democracia. Por ello había que utilizarla para llegar al poder y así no ser tildados de dictadores. Haría la revolución socialista con la bobería de la democracia”. Los lectores podrán concluir si existe algún parecido con lo que está sucediendo en este gobierno.

Ahora Petro es el Presidente. Está utilizando un curioso método de gobierno que consiste en proponer impopulares e inconvenientes reformas e intentar, por medio de amenazas a la institucionalidad y a la democracia, que sean aprobadas “a las malas”, por temor a los ríos de gente que saldrían a las calles y a las plazas, como dijo en un anterior discurso, y que ahora se refiere como “revolución”. La reflexión de León Tolstoi cobra actualidad y relevancia “Toda reforma impuesta por la violencia no corregirá el mal. El buen juicio no necesita de la violencia“.

En realidad, el apoyo popular implorado por el primer gobernante no se ha visto, pese a los eventos que se programan y que le han costado a la nación más de $340.000.000.00. Su popularidad y niveles de aprobación descienden cada día y esta especie de chantaje no le está ayudando. No somos tan pusilánimes. Y, ese llamado a la revolución parece apuntalarse en las ilegales guardias indígenas, las que hicieron una demostración de fuerza en la plaza de Bolívar de Bogotá. Se parodió una especie de desfile militar, arengado por un personaje claramente subversivo.

Pretendiendo amedrentar al Congreso, se tomaron las escalinatas de acceso al mismo, armados con sus bastones de origen cultural, como lo ha dicho el presidente, pero que también se pueden usar como armas letales, como de hecho ocurrió en los Pozos (San Vicente del Caguán).

Esta demostración de fuerza contra los colombianos y en especial contra los capitalinos no fue rechazada por las Fuerzas Militares, la policía o el Esmad, como sí lo fue, de manera exagerada, la protesta pacífica en contra del Corredor Verde y en  defensa de la Carrera Séptima, en la cual participaron personas mayores y niños desarmados.

Pero no solo se conjuga el llamado a la “revolución” con la abusiva presencia indígena. También crece un movimiento miliciano que tiene entre sus componentes a la Primera Línea. La vicepresidente Francia Márquez defendió a ese grupo en forma presuntamente delictual, como lo ha dicho la senadora Paola Holguín. También la Gobernadora del Valle rechazó la manifestación de la vicepresidenta. Y un concejal de Cali pidió declararla como persona no grata.

El ”despiporre” de los gobernantes continúa. Ahora, en España, donde se obnubiló por completo a la vista de la pompa y la realeza, Gustavo Petro ha alimentado su ego, ya de por sí desmesurado, y ha sufrido un delirio de grandeza mayor que el habitual. Esto lo ha llevado a afirmar ante la opinión pública que es el jefe del Fiscal, desconociendo la base constitucional fundamental de la democracia, garantía de la verdadera libertad, el equilibrio y la independencia de los Estados de Derecho.

En Colombia existe una total separación de poderes y la rama judicial de la que hace parte la Fiscalía es independiente y autónoma. La temeraria e irresponsable afirmación del Presidente se traduce en un golpe a la justicia, como lo dijo la Corte Suprema de Justicia en explícito comunicado y que la organización de derechos humanos Human Rights Watch, HRW, calificó de “preocupante”.

Los tiempos del rey francés Luis XIV, quien pronunciara la célebre frase “El Estado soy yo”, desembocaron en la Revolución Francesa, en procura de libertad, igualdad y fraternidad. Hoy los llamados de Petro a una indeterminada “revolución” ponen en riesgo nuestra democracia e instituciones. La sociedad los rechaza por completo.